Antes de hablar —o escribir— sobre el concierto que Christina Aguilera dio la noche del martes 17 de marzo en el Palacio de los Deportes, hay que tomar un respiro; un respiro largo y profundo.
No porque sea necesario un torrente de voz para hablar de una grandeza interpretativa que sólo afloró por instantes, sino por la necesidad de tomar aire y poner en orden las ideas y dar el peso necesario tanto a la decepción como a los puntos que pueden resaltarse de este espectáculo.
(Quien)